14 mar 2013
Posted by Juan Cotino
0 Comenatarios Los católicos de todo el mundo recibimos en la tarde de ayer la gran noticia que esperábamos desde el mismo día en que el Papa Benedicto XVI anunció su renuncia. Durante estos días, la pregunta habitual entre los católicos, e incluso entre muchos no católicos, era quién sería el nuevo Papa. En los medios de comunicación se ha venido recogiendo la lista de papables y, una vez más, como tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, se ha cumplido el refrán: “quien entra Papa, sale Cardenal”.
Para los católicos, sea quien sea el nombre del Cardenal, proceda de donde proceda, el elegido es el Papa, el Vicecristo, el dulce Cristo en la tierra, como decía Santa Catalina de Siena. A todos nos impresionó ayer la humildad del nuevo Papa, inclinándose, pidiendo, en primer lugar, la oración de todos los católicos. Este fue, para mí, el primer mensaje que el nuevo Pontífice ha querido transmitirnos: que recemos por él.
El Papa Francisco tiene un nombre muy significativo para la Iglesia. En primer lugar, el de San Francisco de Asís, el Santo de la Caridad y el Amor, de la Paz y el Bien. También es el nombre de San Francisco Javier, ese santo español, jesuita como él, que dejó su castillo de Navarra para irse a esos mundos lejanos a predicar el Evangelio, patrono de las misiones. Pero también es el nombre de un tercer Francisco, también jesuita: el de San Francisco de Borja, íntimamente ligado a esta Comunitat Valenciana, donde recientemente hemos celebramos el V Centenario de su nacimiento en Gandia. Precisamente desde el denominado Palacio de los Borja, sede de Les Corts, escribo esta carta.
En el escudo de los jesuitas pueden leerse las iniciales AMDG (“Ad Maiorem Deum Gloria”). Por eso este Papa, que desde joven entregó su vida a la Iglesia en la Compañía de Jesús, todo lo que hará en su Pontificado, como lo ha venido haciendo hasta ahora, será para la mayor Gloria de Dios.
Dios Espíritu Santo ha elegido, a través del voto de los Cardenales, a su Vicario en la tierra para que guíe a su Iglesia. Por eso, en este Año de la Fe, los católicos cuando recemos el Credo tenemos que pronunciar con mucha fuerza: “Creo en la Santa Iglesia Católica”, pues la acción del Espíritu Santo la guía y la protege, como lo hará con el nuevo Papa y en todas sus acciones.

























