Cuando se cumplen 15 años del terrible secuestro y cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco, quiero escribir algunas experiencias que viví con él y con algunos jóvenes vascos, entre los que se encontraba el actual presidente del PP del País Vasco, Antonio Basagoiti, que habían decidido comprometerse por la lucha contra el terror y por la libertad.
Nos situamos en 1996, año que comenzó con el inhumano secuestro de un funcionario de prisiones militante del PP, José Antonio Ortega Lara. Unos meses después, en mayo de ese mismo año, fui nombrado director general de la Policía. En esos momentos, la principal preocupación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se centraba en la posibilidad de que hubiera más secuestros o asesinatos de empresarios y de políticos.
Esta preocupación me llevó a visitar el País Vasco en numerosas ocasiones para reunirme tanto con concejales del PSOE y del PP como con los responsables de seguridad de los dos partidos. Y en esas reuniones fue donde, en el Hotel Amara de San Sebastián, conocí a un grupo de jóvenes que, en unas circunstancias difíciles y sabiendo el riesgo que asumían, habían decidido comprometerse por la paz, por la libertad.
Entre las personas que conocí, además de Miguel Ángel Blanco, se encontraba el entonces concejal del PP en Irún, José Luis Caso. En una de esas reuniones se me acercó y me dijo: “Cotino, o los cogéis a los etarras o nos matarán a todos”. Unos meses después, a finales del 97, fue asesinado por la banda terrorista ETA. Ese era el ambiente de amenaza permanente que reinaba en aquellos momentos.
El 1 de julio de 1997, la banda terrorista ETA puso en libertad al empresario vasco Cosme Declaux sin saber que en esos momentos la Guardia Civil, tras una pista que seguía desde hacía mucho tiempo, estaba registrando una nave industrial de Mondragón donde, tras 3 angustiosas horas, consiguieron liberar a Ortega Lara.
Ese día, la banda terrorista ETA vivió el fracaso más grande que había tenido posiblemente desde su creación: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado liberaban a un hombre después de 532 días de secuestro, enterrado debajo de un torno, en un zulo de unos 3 metros de largo y poco más de 2 metros de ancho.
El decaimiento en los ambientes etarras fue total: se notaba en las cárceles la desmotivación entre los presos etarras; las herriko tabernas, a medio gas; la violencia callejera de Jarrai, paralizada.
Entonces apareció un criminal, Francisco Javier García Gaztelu, alilas Txapote, que vio la oportunidad de hacerse con las riendas de la banda de la forma más cruel, como hacen todos los criminales. Ayudado por un exconcejal de HB que había coincidido en el Ayuntamiento de Ermua con Miguel Ángel Blanco, le secuestraron el 10 de julio a las 16 horas. Dos horas más tarde, ETA sacó un comunicado reivindicando el secuestro y estableciendo un plazo de 48 horas.
En ese momento me encontraba en Estrasburgo, en una reunión de directores de las Fuerzas de Seguridad europeas, analizando la orden de búsqueda y captura europea. Al poco de empezar la sesión de la tarde recibí una llamada urgente para informarme de lo ocurrido. Hablé con el coordinador de aquella reunión y le pedí el uso de la palabra para explicarles a los asistentes qué estaba ocurriendo en esos minutos en España. Antes ya había tenido la ocasión de explicarles cómo se había producido la liberación de Ortega Lara.
Me desplacé a la Jefatura Superior de Bilbao. Allí estaba el grupo que coordinaba las investigaciones. Fueron 48 horas muy largas, donde el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, capitaneaba un grupo de Policías, Guardias Civiles y Ertaintzas que trabajábamos juntos para salvar a Miguel Ángel.
Sobre las 12 de la mañana del sábado 12 de julio, entró en el despacho del Jefe superior un inspector de policía joven, con cara demacrada. Al verle, me levante y le pregunté: “¿Ha pasado algo?” y me contestó: “No sé si ya lo han asesinado pero seguro que lo van a matar. Están brindando con champán en algunas Herriko tabernas”. Por desgracia desaparecían las pocas esperanzas que teníamos. Sobre las 16.30 horas, recibimos la fatal llamada. Hablé inmediatamente con el Ministro y salimos hacia el hospital donde todavía pude ver a Miguel Ángel Blanco en vida. Le cogí de la mano, tenía los ojos abiertos aunque dudo que viese algo. Pero sólo recordaba a aquel joven que conocí por primera vez en el hotel Amara.
Valencia fue el primer lugar de España donde se levantó una pequeña estatua en memoria de Miguel Ángel y en defensa de la paz, precisamente en el lugar donde se une la calle de la Paz con la Plaza de la Reina. Allí está desde el 23 de noviembre de 1998 para que nunca olvidemos.





10 jul 2012
Posted by Juan Cotino
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